a.m.d.g.

a.m.d.g.

domingo, 27 de mayo de 2012

Pentecostes cotidiano


No hay que pensar el aire
para que se filtre
al último rincón de los pulmones,
ni hay que imaginar la aurora
para que decore el nuevo día
jugando con los colores y las sombras.

No hay que dar órdenes
al corazón tan fiel,
ni a las células sin nombre
para que luchen por la vida
hasta el último aliento.

No hay que amenazar
a los pájaros para que canten
ni vigilar a los trigales
para que crezcan,
ni espiar la semilla de arroz
para que se transforme
en el secreto de la tierra.

 En dosis exacta
de luz y de color,
de canto y de silencio,
nos llega la vida sin notarlo,
don incesantemente tuyo,
trabajador sin sábado,
Dios discreto.
Para que tu infinitud
no nos espante,
te regalas en el don
en que te escondes.

Benjamín González Buelta, SJ

viernes, 11 de mayo de 2012

El "magis" ignaciano


La cuna del magis es el enamoramiento que tuvo Ignacio con Dios, y todo el caudal de santos deseos que nacieron de esta experiencia.  Sabemos lo importantes que son los deseos en la vida de Ignacio y él mismo se reconoce hasta sus 26 años “con un grande y vano deseo por ganar honra” (Au 1). Ya en los comienzos de su conversión aparecen los primeros deseos “magis” cuando quería emular los ejemplos de los santos (“si Francisco lo hizo, yo lo he de hacer”) y pasaba mucho tiempo soñando las grandes hazañas que su ánimo generoso le inspiraba. Pero todo nace de una gran experiencia de amor, y solo en este contexto lo comprendemos y aplicamos.

Tomemos como ejemplo algunos textos del libro de los Ejercicios Espirituales (EE).  Todas las cosas pueden ser usadas para nuestra felicidad, siempre que nos ubiquemos “solamente deseando y eligiendo lo que más conduce al fin que somos creados” (EE 23).   Cuando descubrimos que somos llamados a trabajar con Jesús por el Reino del Padre, es lógico que nos brote una “oblación de mayor estima y momento” para quienes “más se querrán afectar y señalar en todo servicio” (EE 97).  Cuando  Ignacio invita a contemplar los misterios de la vida de Cristo, estamos buscando un “conocimiento interno del Señor, para que más le ame y le siga” (EE 104).  En la pasión de Jesús, cuando ya ganó profundidad mi amistad con Él, “por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza…” (EE 167).  Y como esta amistad se vive en la compleja y limitada comunidad eclesial, Ignacio nos sumerge en la Resurrección al calor de “tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” (EE 221). 

El deseo de “magis” también aparece debajo de la palabra “todo”.  Vemos unos ejemplos: “al que recibe los ejercicios mucho aprovecha entrar en ellos con grande ánimo y liberalidad con su Creador y Señor, ofreciéndole TODO su querer y libertad, para que su divina majestad, así de su persona como de TODO lo que tiene, se sirva conforme a su santísima voluntad” (EE 5). Cuando comenzamos cada encuentro orante, Ignacio propone renovar la rectitud de intención, pidiendo “que TODOS mis pensamientos, palabras, intenciones y TODAS mis decisiones, sean PURAMENTE  ordenadas y dirigidas a tu mayor servicio y alabanza” (EE 46). Para ser contemplativos del amor de Dios en nuestros contextos, Ignacio nos invita a “pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, ENTERAMENTE reconociendo, en TODO pueda amar y servir a la su divina majestad” (EE 233); y como el amor pide reciprocidad, se nos propone esa conocida oración: “Tomad, Señor, y recibid, TODA mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y TODA mi voluntad. TODO mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. TODO es vuestro.  Disponed a TODA vuestra voluntad.  Dadme vuestro amor y gracia que esta me basta.” (EE 234).
Como podemos apreciar, en la mística del “magis” subyace un deseo de totalidad, manifestación de la dimensión trascendente del hombre. Más allá de cualquier credo, venimos equipados con una sed de infinito, un deseo de plenitud y totalidad que trascienda la contingencia tan limitada y cotidiana.  Como dice Lerch, “sólo el deseo infinito de Dios puede revelar al hombre el verdadero “más”, que no le permite instalarse en la mediocridad de su vida, sino que le lanza a combatir por su autenticidad”.

Tenemos entonces tres conclusiones sobre el MAGIS: la primera, que no es algo cuantitativo, sino cualitativo. Es del orden del ser, nunca del tener. En su tiempo Ignacio tenía la palabra latina “plus” que indicaba cantidad, en cambio prefirió usar el término “magis”. En castellano no tenemos dos palabras para esta distinción del latín, por eso suele confundirse el MAGIS con la acumulación de títulos y excelencias académicas, la competencia destructiva por lograrlos y el prestigio individual desgajado del bien común.
 
La segunda conclusión es que el MAGIS, por nacer de un amor, posee una dinámica oblativa en referencia a otro. El impulso del verdadero magis me descentra, me hace salir del “propio amor querer e interés” egoísta para darme y entregarme con alegría. La curvatura narcisista que trae la dinámica del tener y acumular, nada tiene que ver con el magis ignaciano.

La tercera conclusión es que el verdadero mágis contiene una buena dosis de “MINUS”. El que quiera ser el más grande, que se haga el servidor de todos, había dicho Jesús, y él mismo lo selló en la última cena afirmándose como el Maestro y Señor en el acto de lavar los pies. 
Agustín Rivarola, SJ

lunes, 7 de mayo de 2012

Actitud vital del acompañante

Lo primero que queremos resaltar es que cuando hablamos de actitud queremos hacer referencia a una tendencia constante de ser, de percibir a los demás y de actuar con ellos de determinada manera. Es decir, la actitud de ser compañero(a) no es una acción esporádica o una técnica puntual, sino un modo permanente de existir, que forma parte ya de la personalidad del que acompaña. Ser compañero(a), por tanto, es un modo ordinario de ser, que se exalta de manera especial, en la tarea de ser acompañante.

La palabra compañero(a) entraña en sí misma una riqueza que hace alusión a la idea de partir y compartir el mismo pan. Ahora bien, el compartir supone también el romper, el quebrar el pan, como metáfora que apunta a una realidad. Por tanto, quien acompaña se embarca en la tarea de romperse, de desvivirse, de quebrarse, dándose.

El gran modelo que está en el trasfondo de todo ello, es la imagen evangélica de la Eucaristía: , “el partir del pan” que los primeros compañeros del Señor compartían en las casas... Esto nos da, por así decirlo, la fuerza del papel de quien acompaña: quien lo hace tiene que brindar alimento y vida, y tiene que hacerlo partiéndose. Compañero(a) es quien “no te deja morir”, te hace vivir... No deja morir el cuerpo, las ilusiones, la dignidad. Es quien no debe permitir que se mate más a la persona, donde está Jesús.

Eso significa que sólo se puede ayudar eficazmente si se es persona de un determinado modo, si se tiene una manera habitual y constante de ver a los(as) demás y de actuar en relación con ellos(as). Esta actitud brota de grandes opciones personales. Brota de la opción por la vida -requisito básico del discernimiento humano y brota del contacto con el propio pozo y el manantial y, por tanto, con el Agua Viva que es Dios.

Carlos Cabarrús,SJ en Cuaderno de Bitácora para Acompañar Caminantes. Guía Psico-Histórico-Espiritual, DDB, Bilbao. 2001

lunes, 30 de abril de 2012

PASCUA y ACOMPAÑAMIENTO

Cristo Resucitado sigue presente en la historia acompañando a la humanidad en su caminar hacia la Pascua en la que Él ya está existiendo. Por eso los gestos, palabras y acciones del resucitado que nos describen los evangelistas nos sirven como pistas y claves de todo acompañamiento, así como también estos dos “reunidos en su Nombre” –acompañante y acompañado- hacen presente al Jesús Pascual. En Lc 24, desde los discípulos de Emaús, encontramos algunas claves.

“Jesús se les acercó y empezó a caminar con ellos”. Así comienza la experiencia del Resucitado, haciéndome compañero del camino que está recorriendo mi acompañado/a. Al resucitado lo vivimos dentro de la historia, nunca al margen ni fuera de ella. Esta historia es el lugar donde Jesús se nos hace cercano.

“¿De qué están hablando por el camino?” Jesús nos vuelve reflexivo sobre la propia historia, es como que me pregunta “¿Cómo interpretás lo que te está pasando?” Jesús quiere escuchar la propia opinión, quiere que saquemos fuera lo que guardamos dentro. Jesús quiere que le contemos cómo sentimos lo que nos sucede, “como un amigo habla a otro amigo”, se gesta un espacio donde caben las tristezas y las frustraciones. El acompañamiento es 80% escuchar, y ayudar a expresarse, el Resucitado se experimenta en esta libertad de expresión ante un testigo que escucha.
Y en el mismo relato surgen pequeños indicios a los que el acompañante debe estar atento: “algunas mujeres… unos ángeles… algunos hombres del grupo”. Por eso Jesús les reprocha su lentitud para creer, pues tienen señales de esperanza pero habían quedado fijados en la tristeza. Los discípulos de Emaús caminan con esperanzas que creen muertas, pero las esperanzas guardan algo legítimo que no muere sino se transforma, muta, se limpia del ropaje contingente que las envuelve. Parece que mueren pero resucitan con mayor fuerza. En el caso de estos discípulos, ellos esperaban una libertad política, y Jesús les trae la mayor de las liberaciones, la del mal, el pecado y la muerte. En el acompañamiento se busca rescatar aquello legítimo y santo que tiene toda experiencia humana.
“¡Quédate con nosotros! Ya es muy tarde, y pronto el camino estará oscuro”. Cuando llegan a Emaús, Jesús deja un espacio para la opción personal. Hace como que sigue adelante y crea la posibilidad de ser elegido por ellos mismo. Crear un espacio de libertad sería la meta final del acompañamiento, y desde esa opción los discípulos vuelven a su comunidad y el acompañante puede desaparecer

Agustín Rivarola, SJ

domingo, 22 de abril de 2012

La Espiritualidad ignaciana y la Ecología conversan




por Joseph Carver SJ


La tradición de Ignacio nos ofrece una dimensión fundamental de la espiritualidad de la Iglesia contemporánea. Al examinar aspectos de esta espiritualidad, podemos dejar que nuestro 'parentesco' con la Tierra y con toda la creación informe nuestro encuentro con Cristo encarnado. La espiritualidad ignaciana nos pide que seamos muy conscientes del medio-ambiente en nuestra vida de cada día, pasando del sentido de mera gestión de la Tierra a una alianza más profunda para sentirnos miembros de la creación. No se trata de una visión puramente instrumental, sino de una visión sacramental: lo cualitativamente divino entendido como relación, y actualizado en la creación. Esta perspectiva reconoce que tenemos una relación con el Dios encarnado y que, por consiguiente, debemos considerarnos unidos con toda la creación, no sólo biológica sino espiritualmente. Este punto de vista pide una conversión ecológica, mediante la cual abordemos la crisis medio-ambiental reconociendo nuevamente nuestra relación con toda la creación. Esta comunión redescubierta, nos permite superar el modo abstracto de pensar las cosas y conocer los lazos que hay entre Tierra y Cielo, entre Espíritu y Materia.
El examen ignaciano y la utilización de la imaginación por la oración ignaciana son dos formas claras de cultivar una sensibilidad ecológica en la propia vida interior. Los cinco movimientos del examen ecológico son paralelos a los del examen tradicional. Empezamos con la acción de gracias y con la gratitud por la alianza que Dios nos ofrece en el don de Dios mismo en toda la creación. En segundo lugar, pedimos que el Espíritu nos abra los ojos para ver cómo podemos cuidar de la creación. En tercer lugar, revisamos los retos que experimentamos en cuidar de la creación, y las alegrías que de ello recibimos. Y nos preguntamos: "¿Cómo me he sentido atraer hacia Dios hoy por medio de la creación?" ¿Cómo hemos sido invitados a responder a la acción de Dios en la creación? ¿Hay algún punto de nuestra relación con la creación que necesita un cambio? Cuarto, pedimos tener una clara y verdadera conciencia de nuestro pecado, tanto si se trata de un sentido de superioridad como de la incapacidad en responder a las necesidades de la creación. Y por último, la esperanza. Pedimos tener esperanza en el futuro y una mayor sensibilidad para confiar en la presencia viva de Dios en toda la creación.



Examen ecológico por: Joseph Carver, SJ


Toda la creación refleja la belleza y la bendición de la imagen de Dios.

¿Dónde he percibido esto hoy?
¿Puedo identificar y precisar cómo me he esforzado hoy por cuidar de la creación de Dios?
¿Cuáles son los retos o las alegrías que experimento al cuidar la creación?
¿Cómo puedo reparar las fisuras en mi relación con la creación, en mi tácito sentido de superioridad?
Al imaginarme el mañana, pido la gracia de ver a Cristo encarnado en las interconexiones dinámicas de toda la Creación.


Se concluye con la oración de Jesús:
Yo les dí la gloria que tú me diste,
para que sean uno como lo somos nosotros.
Yo en ellos y tú en mí, para que sean plenamente uno, para que el mundo conozca que tú me enviaste.
(Jn 17,22-23)

viernes, 13 de abril de 2012

Pascua en los EE


¿Qué objetivo tiene la cuarta semana? Por una parte, culminar la contemplación de los misterios de la vida de Cristo a quien el ejercitante se ofreció en respuesta a su llamamiento, participando en la gracia del resucitado, porque al seguimiento en la pena habrá de seguir el seguimiento en la gloria. Esta semana, al igual que la tercera, responde a la vía unitiva. Mira también a la confirmación de la elección hecha. Si la elección se ha realizado en la segunda semana, la tercera ha puesto ante el ejercitante la realidad de la pasión como elemento ineludible del seguimiento de Jesús en la elección hecha. Pero la cuarta semana le confirma con la participación en el gozo de Cristo resucitado, que es quien llama y alienta en el seguimiento. Y en el oficio de consolar que trae el Señor, el ejercitante puede sentirse confirmado en la opción hecha. Pretende también situar al ejercitante hacia su vida en la Iglesia, que es el lugar donde se sigue a Jesucristo. Cristo resucitado va con-vocando a la comunidad de los discípulos. La cuarta semana tiene, por ello, un marcado carácter eclesial. La Iglesia, y el creyente en ella, vive en contacto con su Señor, que se manifiesta, consuela y sigue llamando para participar con él en el servicio del Reino. En los evangelios, la pasión supuso la dispersión de los discípulos. Ignacio dirá que quedó “desamparado de sus discípulos” [291]. La resurrección convocará de nuevo a la comunidad, que quedará reconstruida en el Señor. En la comunidad de la Iglesia, Cristo vive y se manifiesta. Y en la comunidad, los discípulos se sentirán enviados: “los envió por todo el mundo a predicar”

La petición marca siempre el sentido de la contemplación. Se pide ahora “gracia para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” [221]. El término gozo/gozar aparece cinco veces en el cuerpo de las contemplaciones de Cristo resucitado; y el término alegría/alegrarse, cuatro veces. El gozo y la alegría es don de Dios, al que el hombre sólo puede disponerse, porque “sólo es de Dios dar verdadera alegría y gozo espiritual” [329]. En el proceso de las contemplaciones de la vida de Cristo se pidió a lo largo de la segunda semana
“conocimiento interno del Señor que por mí se ha hecho hombre para que más le ame y le siga” [104]. Eso suponía pedir la gracia de un progresivo seguimiento desde el amor. En la tercera semana se pedía dolor con Cristo doloroso y quebranto con Cristo quebrantado, una identificación con el Señor doliente, también en el amor. Ahora se pide una participación en la alegría y el gozo de Cristo resucitado. La muerte no acabó con él y el ejercitante participa de la alegría de Cristo que triunfa sobre su muerte y sobre toda muerte. La participación en el dolor del Señor y en el gozo de la resurrección introducen en la vía de la unión. La alegría interna es uno de los elementos con los que Ignacio describe la consolación [316]. Esta alegría tiene como motivo al mismo Cristo resucitado que, con la muerte en la cruz ha vencido a la muerte, ha liberado a la humanidad y ha sido exaltado por el Padre, que en él ha realizado su proyecto de salvación. En la historia de la contemplación de la aparición a Nuestra Señora, se hace ver que Cristo bajó al infierno, de donde sacó a las ánimas justas. Es el símbolo de la nueva humanidad, nacida como fruto del amor de Cristo muerto y resucitado. El creyente necesita participar en el gozo y la alegría de Cristo resucitado, que le animará a seguir a Cristo crucificado.

Manuel Tejera, SJ, Diccionario de Espiritualidad Ignaciana.