La cuna del
magis es el enamoramiento que tuvo Ignacio con Dios, y todo el caudal de santos
deseos que nacieron de esta experiencia.
Sabemos lo importantes que son los deseos en la vida de Ignacio y él
mismo se reconoce hasta sus 26 años “con un grande y vano deseo por ganar honra”
(Au 1). Ya en los comienzos de su conversión aparecen los primeros deseos
“magis” cuando quería emular los ejemplos de los santos (“si Francisco lo hizo,
yo lo he de hacer”) y pasaba mucho tiempo soñando las grandes hazañas que su
ánimo generoso le inspiraba. Pero todo nace de una gran experiencia de amor, y
solo en este contexto lo comprendemos y aplicamos.
Tomemos
como ejemplo algunos textos del libro de los Ejercicios Espirituales (EE). Todas las cosas pueden ser usadas para
nuestra felicidad, siempre que nos ubiquemos “solamente deseando y eligiendo lo
que más
conduce al fin que somos creados” (EE 23).
Cuando descubrimos que somos llamados a trabajar con Jesús por el Reino
del Padre, es lógico que nos brote una “oblación de mayor estima y momento”
para quienes “más se querrán afectar y señalar en todo servicio” (EE
97). Cuando Ignacio invita a contemplar los misterios de
la vida de Cristo, estamos buscando un “conocimiento interno del Señor, para
que más
le ame y le siga” (EE 104). En la pasión
de Jesús, cuando ya ganó profundidad mi amistad con Él, “por imitar y parecer más
actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo
pobre que riqueza…” (EE 167). Y como esta
amistad se vive en la compleja y limitada comunidad eclesial, Ignacio nos
sumerge en la Resurrección al calor de “tanta gloria y gozo de Cristo nuestro
Señor” (EE 221).
El deseo de
“magis” también aparece debajo de la palabra “todo”. Vemos unos ejemplos: “al que recibe los
ejercicios mucho aprovecha entrar en ellos con grande ánimo y liberalidad con
su Creador y Señor, ofreciéndole TODO su querer y libertad, para que su divina
majestad, así de su persona como de TODO lo que tiene, se sirva conforme a su
santísima voluntad” (EE 5). Cuando comenzamos cada encuentro orante, Ignacio
propone renovar la rectitud de intención, pidiendo “que TODOS mis pensamientos,
palabras, intenciones y TODAS mis decisiones, sean PURAMENTE ordenadas y dirigidas a tu mayor servicio y
alabanza” (EE 46). Para ser contemplativos del amor de Dios en nuestros
contextos, Ignacio nos invita a “pedir conocimiento interno de tanto bien
recibido, para que yo, ENTERAMENTE reconociendo, en TODO pueda amar y servir a
la su divina majestad” (EE 233); y como el amor pide reciprocidad, se nos
propone esa conocida oración: “Tomad, Señor, y recibid, TODA mi libertad, mi
memoria, mi entendimiento, y TODA mi voluntad. TODO mi haber y poseer. Vos me
lo disteis, a vos, Señor, lo torno. TODO es vuestro. Disponed a TODA vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esta me
basta.” (EE 234).
Como
podemos apreciar, en la mística del “magis” subyace un deseo de totalidad,
manifestación de la dimensión trascendente del hombre. Más allá de cualquier
credo, venimos equipados con una sed de infinito, un deseo de plenitud y
totalidad que trascienda la contingencia tan limitada y cotidiana. Como dice Lerch, “sólo el deseo infinito de
Dios puede revelar al hombre el verdadero “más”, que no le permite instalarse
en la mediocridad de su vida, sino que le lanza a combatir por su autenticidad”.
Tenemos
entonces tres conclusiones sobre el MAGIS: la primera, que no es algo
cuantitativo, sino cualitativo. Es del orden del ser, nunca del tener. En su
tiempo Ignacio tenía la palabra latina “plus” que indicaba cantidad, en cambio
prefirió usar el término “magis”. En castellano no tenemos dos palabras para
esta distinción del latín, por eso suele confundirse el MAGIS con la
acumulación de títulos y excelencias académicas, la competencia destructiva por
lograrlos y el prestigio individual desgajado del bien común.
La segunda conclusión
es que el MAGIS, por nacer de un amor, posee una dinámica oblativa en
referencia a otro. El impulso del verdadero magis me descentra, me hace salir
del “propio amor querer e interés” egoísta para darme y entregarme con alegría.
La curvatura narcisista que trae la dinámica del tener y acumular, nada tiene
que ver con el magis ignaciano.
La tercera
conclusión es que el verdadero mágis contiene una buena dosis de “MINUS”. El
que quiera ser el más grande, que se haga el servidor de todos, había dicho
Jesús, y él mismo lo selló en la última cena afirmándose como el Maestro y
Señor en el acto de lavar los pies.
Agustín Rivarola, SJ